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Creo que la forma en que miramos el mundo define también la forma en que lo habitamos. Mirar no es solamente ver. Es detenerse. Prestar atención. Descubrir aquello que, por cotidiano, muchas veces dejamos de percibir. Un gesto. Una conversación. Un tipo de luz entrando a cierta hora por una ventana. Un objeto que alguien decidió conservar. La manera en que una persona construye un espacio, se viste, pone una mesa o aprende de su propia historia. Hay algo de nosotros en todo aquello donde decidimos poner nuestra atención. Con los años he entendido que mi trabajo, aun cuando ha tomado formas distintas, nace siempre desde el mismo lugar: mirar. Observar antes de intervenir. Encontrar aquello que tiene identidad y hacerlo visible. A veces sucede en un espacio, otras en una fotografía, en un tesoro encontrado, en una vitrina o simplemente en una escena que aparece frente a mí y que, por alguna razón, merece ser recordada. Porque no todo lo valioso es evidente. Hay belleza en lo imperfecto, memorias en los objetos, identidades en los lugares y profundidades en momentos aparentemente insignificantes. Pero para descubrirlos hay que estar ahí. Hay que mirar un poco más. Las personas, los espacios, las imágenes, los objetos y las historias que elegimos conservar terminan construyendo nuestra experiencia. Y quizá por eso elegir dónde ponemos nuestra atención no sea un gesto menor: es también una manera de elegir cómo queremos vivir.

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